El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, a principios de este mes. El domingo reveló que había contraído la COVID-19. (Luis Antonio Rojas/The New York Times)

CIUDAD DE MÉXICO — Un día después de conocerse la noticia de que el presidente de México contrajo la COVID-19, la frustración se hizo sentir en una larga fila de ciudadanos que esperaban, ansiosos, rellenar los tanques de oxígeno para sus familiares que sufrían de la misma enfermedad y batallaban para respirar en casa.

Durante casi un año, Andrés Manuel López Obrador ha minimizado la pandemia: dijo que los amuletos religiosos lo protegían, se rehusó a llevar cubrebocas e incluso bebió del mismo recipiente de barro que sus seguidores. Solo era cuestión de tiempo antes de que él también se enfermara, dijeron algunos mexicanos.

Ahora que el presidente contrajo el virus, lo que más agravia a muchos en el país no es solo que hubiera desdeñado las precauciones básicas de seguridad sino que, después de su propia enfermedad, también vuelva a minimizar la amenaza de una pandemia que va en aumento.

Dado que recibirá cuidados médicos de primer nivel en su residencia, el presidente con certeza se recuperará, observaron. Pero, en cambio, sus seres queridos apenas pueden conseguir los cuidados más básicos, ya sea una cama en un hospital rebasado o el suministro de oxígeno que pueda ayudarlos a sobrevivir en casa.

“Mi papá le creyó, le creyó que al no usar cubrebocas no pasaba nada”, dijo Lilia Ramírez Díaz, quien estaba yendo por segunda vez en un día a rellenar el tanque de oxígeno para su padre diabético, que luchaba contra la COVID-19 en casa.

“Ambos se enfermaron”, dijo, pero el presidente “no tiene que andar peregrinando buscando un tanque de oxígeno”.

El país, devastado, está teniendo dificultades para controlar la pandemia. Tres días antes del domingo en el que el presidente dio a conocer que había dado positivo al virus, las autoridades anunciaron más de 1800 fallecimientos por coronavirus, una cifra que rompió el récord de muertes en un solo día, que se había alcanzado apenas unos días antes.

En Ciudad de México, los hospitales están al 89 por ciento de su capacidad, según las cifras más recientes de la Secretaría de Salud, mientras que en el resto del país la cifra es del 60 por ciento. En toda la nación, más de la mitad de las camas hospitalarias con ventiladores están ocupadas.

Hasta ahora, más de 1,7 millones de personas han contraído el virus en México y casi 150.000 personas han fallecido. Es la cuarta cifra más alta de víctimas del virus en todo el mundo. Y algunos expertos creen que es mucho mayor.

Debido a una desconfianza generalizada hacia los hospitales, muchas personas con el virus deciden quedarse en casa, y a menudo mueren ahí. La causa de muerte en esos casos tal vez no se atribuya en el registro a la COVID-19. Además, se hacen pocas pruebas, lo que significa que el verdadero impacto de la pandemia es probablemente mucho peor que el recuento oficial.

A pesar de que López Obrador dijo el domingo que sus síntomas eran leves y que “estaba optimista”, los médicos advirtieron que, con 67 años y tras sobrevivir un ataque al corazón, se encontraba en una categoría de alto riesgo.

Está por verse, además, si el líder mexicano cambia la actitud que tiene respecto al virus después de experimentarlo de manera personal.

López Obrador no es el primor líder mundial en enfermarse del coronavirus.

A principios del año pasado, el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, insistió en estrechar la mano de los pacientes de la COVID-19 solo para ser hospitalizado tiempo después con la enfermedad.

Johnson emergió de la emergencia de salud que experimentó con un tono de escarmiento y con una nueva e íntima conciencia sobre los peligros del virus. Empezó a aceptar los cubrebocas, los aislamientos y otras medidas diseñadas para ayudar a disminuir la transmisión del virus.

Pero en México, algunos expertos en salud pública temen que el mandatario más bien adopte el camino del expresidente Donald Trump, quien el año pasado superó el virus y siguió minimizando la pandemia y socavando las recomendaciones de los funcionarios de salud.

Varios especialistas en salud pública entrevistados dijeron que les preocupaba que López Obrador mantenga su oposición a los cubrebocas, los confinamientos y el distanciamiento social.

Y si López Obrador se recupera y luego utiliza su propia experiencia para desestimar el peligro puede ser que contribuya a empeorar el aumento de casos en México, advirtió Laurie Ann Ximénez-Fyvie, la jefa del laboratorio de genética molecular en la Universidad Nacional Autónoma de México.

“Si López Obrador sale de esto diciendo: ‘¿Ven? Soy una persona mayor con hipertensión, y ven qué bien me fue? Volvamos a la normalidad’, entonces eso podría llevarnos al límite”, dijo la doctora Ximénez-Fyvie. “La gente podría bajar la guardia aún más, ser más temeraria”.

“Y el presidente ya ha hecho todo lo posible para que la gente baje la guardia”.

Ante una oposición fragmentada y débil, hay poca resistencia sólida a las prescripciones de política de López Obrador. El partido gobernante, el Movimiento Regeneración Nacional, fundado por López Obrador, tiene gran influencia sobre los funcionarios, que se dice se quitan los cubrebocas cuando están cerca del presidente para no molestarlo.

E incluso si López Obrador cambia sus mensajes e insta a los ciudadanos a tomar precauciones, pude que no tenga éxito, advirtieron algunos.

“Es muy difícil imponer confinamientos en México ahora, porque gran parte de la economía no es formal”, dijo Alejandro Macías, un médico experto en enfermedades infecciosas. “El gobierno puede regular la economía formal pero eso termina por incrementar la demanda para la economía informal, no regulada”.

El gobierno esperaba asegurar suficientes dosis de la vacuna para desplegar un ambicioso programa de vacunación para inocular a la mayoría de los trabajadores de primera línea hacia fines de febrero. Pero ese programa se detuvo la semana pasada luego de que Pfizer dijo que ya no podía cumplir con su promesa de distribuir 1,5 millones de dosis a México. El lunes en la noche se habían administrado poco más de 640.000 dosis en todo el país.

El lunes, los funcionarios mexicanos hablaron con sus contrapartes rusas para asegurar 24 millones de la vacuna Sputnik V, pero los expertos en salud advierten que ni la eficacia ni la seguridad de la vacuna rusa puede garantizarse.

“México ha estado volando a ciegas a lo largo de esta pandemia”, dijo Ximénez-Fyvie. “Y ahora estamos volando a ciegas con la vacuna”.

Copyright 2021 The New York Times

Maria Abi-Habib es la jefa entrante de la corresponsalía del Times en México. Antes fue corresponsal en el sur de Asia, con sede en Nueva Delhi. Previo a unirse al Times en 2017 fue corresponsal para Medio Oriente en The Wall Street Journal. @abihabib

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